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diumenge, 3 d’abril de 2011

El guardián del desierto.


Nunca antes había visto una mirada como la del Tuareg que tenía enfrente en ese momento. Hacía un calor seco y sofocante, que abrasaba la garganta cuando intentaba aspirar algo más de aire. Pero él, el Tuareg, daba la impresión que no notarlo. Ataviado con una túnica frondosa de color turquesa que ocultaba la totalidad de su cuerpo, salvo los ojos. Esos ojos azules como la túnica, llenos de aire y mar. Eran unos ojos tan refrescantes que aligeraba mi calor con solo verlos.

Y allí, en mitad de la inmensidad del desierto, después de tantos días caminando a la deriva, sin más ayuda que nuestras pesadas chirucas, llegamos a lo alto de la duna. En la cima estaba sentado directamente sobre la arena, un Tuareg con los pies cruzados, los brazos alrededor del cuerpo y las manos reposando sobre sus rodillas. Una gruesa espada curva estaba clavada en la arena a su lado. Al llegar vimos que nos seguía con la mirada, sin efectuar ningún tipo de gesto. Se limitó a no quitarnos los ojos de encima hasta que llegamos a su altura.

Estábamos perdidos. Quizá él pudiera ayudarnos. Así que, hablamos entre nosotros para ver quién se refería a él. Ninguno de nosotros hablaba ni un solo vocablo de árabe. Fue Juan quien dio un paso adelante para hablar con aquel extraño hombre.

–Salut! Parle vous français? –preguntó Juan en un francés colegial.

–Oui –contestó el Tuareg, inmóvil.

Bien! Nous sommes perdus dans le désert et…

–También hablo vuestra lengua –interrumpió a Juan, para la sorpresa de todos nosotros.

–¡Mejor aún! –exclamó Daniel, esperanzado.

–Mire –prosiguió Juan –. Nos hemos perdido por el desierto y nos gustaría que nos ayudara, por favor.

–¿Qué desean? –preguntó el Tuareg.

–Estamos buscando unas ruinas que están en algún lugar del desierto. Son las ruinas de…

–Las Ruinas de Palmira –acabó el hombre.

–Exacto –contesté yo.

–Esas ruinas, las de Palmira, no están para que las personas no creyentes se paseen por ellas.

–No vamos a pasearnos por ellas –le contesté de nuevo –. Somos un grupo de investigadores y sólo queríamos encontrarlas y hacer unas fotos para un reportaje.

–Imposible –zanjó el Tuareg.

–Pero, ¿por qué?

–Porque yo estoy aquí para vigilar que nadie las encuentre.

–Mire, señor Tuareg. Llevamos días caminando bajo el sol con la única intención de encontrar esas ruinas y acabar nuestro trabajo. Hemos perdido los animales que nos transportaban, los equipos de supervivencia e incluso el agua para hidratarnos. ¿No podría ayudarnos?

–La única ayuda que puedo darles es avisarles de que tienen que dar media vuelta y dirigirse por donde han venido.

–¿Pero es que no lo entiende? –preguntó Juan, alzando la voz –. ¿Cómo quiere que volvamos hacia atrás, sin transporte ni víveres.

–Eso no es problema mío, señor. Pero ya le he dicho que no puedo dejarles pasar.

Los cuatro miramos hacia la inmensidad del desierto. Allí no había nadie más que el Tuareg y nosotros.

–Pero nadie tiene porqué enterarse.

–Lo siento. Pero si tienen la intención de pasar tendré que matarles.

–¡Joder! –gritó Daniel –. Igualmente nos matará este calor. ¡No podemos volver atrás!

–Lo siento, señor Tuareg –dijo Juan al hombre de turquesa –. Pero pasaremos, quiera o no quiera.

–Pruébenlo si quieren –avisó el Tuareg –. Pero, hagan lo que hagan, ya están ustedes muertos. No podrían llegar a las ruinas porque yo les detendría. Tampoco conseguirían llegar al punto de partida porque morirían en el camino. Ustedes eligen la manera de morir que más deseen.

–¡Vamos! –gritó Juan al resto del equipo –. Vayamos en busca de las malditas ruinas esas. Y tú, Tuareg, no se te ocurra intentar detenernos. Somos cuatro contra uno y te aseguro que no será nada fácil.

–Como deseen.

Sorteamos al Tuareg y descendimos la duna a su espalda. Íbamos mirándolo por encima de nuestro hombro y seguía allí sentado, sin haber movido un músculo. El calor apretaba con fuerza y las señas de agotamiento se pronunciaban en cada uno de nuestros cuerpos. Entonces vi como el Tuareg se alzaba y agarraba la espada con solemnidad. Dio media vuelta y se dirigió hacia nosotros lentamente. Al avisar al resto del equipo empezamos a correr todo lo que pudimos. Pero estábamos cansados y desnutridos. Las fuerzas empezaron a fallarnos con rapidez hasta que caímos al suelo extenuados. Y el Tuareg se acercaba con la misma lentitud. Su túnica se balanceaba en pos de un aire que no lográbamos respirar. El calor se desprendía de la arena, distorsionando la imagen del hombre turquesa. Se acercaba y yo perdía el sentido, pero me aguantaba. Se acercaba y mis compañeros dejaron de gritar, uno a uno.

Se acercó y cerré los ojos.

Intenté sentir lo menos posible.

8 comentaris:

Niobiña ha dit...

Muy buena historia, que seguro te daría para algo mucho más extenso. ¿Qué tendrán los tuareg que les hacen parecer tan enigmáticos? Quizá sean las túnicas...

Me ha gustado mucho, y como siempre, un placer pasarse por aquí.

Besines de todos los sabores y abrazos de todos los colores.

wannea ha dit...

O.o la cara es por dos cosas, pudiste con la frase!!! y la segunda cosa, de que manera!!!! dios, que mala persona el Tuareg, pero es verdad que siempre me los imagino guardianes de algo, me ha gustado mucho tu historia

bessos!

Jara ha dit...

Me lo temía... acabarían muertos si o sí!

A la historia le falta algo, no sé... me da la sensación que está escrita un poco por escribir.

pd: la frase tenía su aquel, al menos la has podido encajar en su espacio.

muak

Roc ha dit...

Es que para este tipo de aventuras tiene que ir una mujer atractiva como mínimo....
Pero yo como Lara, también sabía que al final no quedaba títeres con cabeza....
Me ha gustado... En realidad me encanta todo lo que procede del mundo árabe.

Metalsaurio ha dit...

Buena historia,

Pensaba que finalmente el tuareg simplemente los dejaría ir, a sabiendas de que no llegarían a las ruínas.

Un saludo.

atenea ha dit...

Me ha gustado mucho la historia, sobre todo el contraste entre el tuareg y el resto de los personajes. Él apenas se inmuta cuando llegan, los vigila calmadamente desde la distancia, deja que asuman cosas en un principio para después darles la información que necesitan (aunque no es lo que esperaban jeje) para al final cumplir con su deber.

Me ha hecho pensar en cómo somos a veces los occidentales respecto a otras culturas. Por ejemplo cuando dice "...sólo queríamos encontrarlas y hacer unas fotos para un reportaje", sólo eso, algo totalmente inofensivo desde nuestro punto de vista, desde nuestra propia cultura. Quizá para ellos no es así...

También me ha encantado el tema del idioma. Mucha gente va por el mundo pretendiendo que todos le hablen en su lengua vaya donde vaya y estos pobres que intentan buscar cómo comunicarse con el tuareg, va él y les habla en español jajajaja

En resumen, me ha gustado mucho y además me ha hecho pensar un poquito (o eso o se me ha ido la olla...), así que genial, como siempre :)

Besos!!

Carlos ha dit...

Les mató mucho antes que el calor o la cimatarra del tuareg la arrogancia, que si bien tratan de ocultar bajo los buenos modales no pueden evitar salga al exterior a al mas mínimo contratiempo. Una historia en la que creo resaltas el contraste de nuestras prisas frente al tempo que rige en el desierto.
Al decir "somos mas que tú" no hicieron sino aumentar el menú a la muerte :)

Me alegra coincidir de alguna forma con Atenea, y tu relato siendo el primero que leo con esta frase, la frase en sí incluyendo la figura del tuareg, y las circunstancias históricas que se dan en la actualidad en esa zona ojalá sirvan para proteger y preservar aun mas la multidiversidad cultural.
Un abrazo!

Nuncajamás ha dit...

Me he quedado con ganas de que hubieras sacado más partido al personaje del tuareg, indagando sobre su pasado, costumbres, etc... así como haberle dado un nombre. Pero me ha gustado la historia igualmente. Un abrazo.

Por cierto, te recomiendo el libro de Vázquez Figueroa: Tuareg, el personaje del que habla es simplemente espléndido y por eso propuse esa frase.