Amigos enganchados:

dijous 17 de maig de 2012

Vuelven las Justas, y la Sortija!!!

Si bien conseguí por primera vez pasar la ronda inicial (en la anterior me tumbaron a la primera de cambio); en ésta me han tirado por los suelos, arrastrado, apaleado y, por qué no, escupido, incluso.
Aunque no hay ninguna razón para que no cuelgue los micros de este certamen... jajajaja
Ahí van, pues:

1º Justas:

La crisis.
"El carnicero observaba las vitrinas vacías y a la clienta exigente hambrienta de carne. Los niños lloraban en la trastienda mientras envolvían con sus pequeñas manos los últimos trozos de carne.
-Tenga, señora. Sólo nos queda esto.
Sobre un fogón, una olla hervía los huesos de la madre".

2º Justas, tema: El péndulo.
 Las gónadas del prójimo.
"Se las amputa con brusquedad, pues el cadáver ya no percibe el dolor del acero que le rasga; y las ata en un nuevo cordel, demostrándose a sí mismo la maestría adquirida con el tiempo, guardándolas cuidadosamente hasta encontrar una nueva víctima a quien hipnotizar".

Y aquí me han tirado ya. Siesjke... Pero justo hoy ha empezado la Sortija, así que iré colgando un-micro-por-día, para que no os aburráis... XDDD

La Sortija:
Palabra: Esternocleidomastoideo.
 El Púgil
"Por mucho que se lo explicara el árbitro, seguía sin entenderlo, consiguiendo que la parada del combate se alargara demasiado. Uno de los jueces subió al ring y lanzó un crochet al inculto boxeador.
-¿Notas cómo ahora se tensa? ¡Es ese músculo, imbécil!"

Palabra: Futuro.
 Redención
"El hombre la mira con desprecio mientras de su boca sale escupida su rabia en un sinfín de palabras, a pleno pulmón. Alza la mano y golpea la mejilla que con los años ha aprendido a soportar el dolor. Y llora, porque sabe que se quedará solo, sin ella".


diumenge 25 de març de 2012

CC82 - El juego.


El juego fue muy lento.

Llegaron los tres con la cara oculta bajo una capucha negra. Claudia encontró la mano de Enrique, y notó el temblor que desprendía el cuerpo de su marido.

—Todo irá bien, cariño —le dijo Enrique, mientras avanzaban en fila, invidentes.

Era sencillo: podían ganar una gran suma de dinero. Las reglas, igual de simples: accederán a una habitación a oscuras y tendrán que dar vueltas sin detenerse. Entonces, darán el aviso, se detendrán, y uno de los tres participantes caerá muerto. Los otros dos se llevarán a casa una gran suma de dinero.

La noche que Enrique llegó a casa y comentó a Claudia el juego, ella creyó que estaba loco. Pero comprendió que necesitaban el dinero, y era una oportunidad que, quizá, nunca más volverían a tener. Cuando Claudia entró en la furgoneta vio por última vez el rostro de su marido, antes que les cubrieran las cabezas. Los ojos de Enrique brillaban. Los de Claudia mostraban desespero. Y sus manos no se separaron ni un instante hasta que la furgoneta se detuvo y descendieron.

Ahora se encontraban allí, en aquella habitación totalmente a oscuras.

—Caminen —se pronunció una voz por megafonía.

Claudia emprendió sus pasos con los brazos estirados, tanteando el vacío que había a su alrededor. Topó con una pared, dio media vuelta y continuó andando. Escuchaba los pasos de las otras dos personas. Una era su marido. La otra, completamente desconocida. Un leve sollozo se dejó oír entre pisadas y golpes contra la pared.

En una de las vueltas, Claudia rozó un brazo, provocando que el bello se le erizase por la sensación.

—Claudia —susurró en la oscuridad la voz de su marido—. Te quiero.

—Guarden silencio, por favor —avisaron por el altavoz —. Ya conocen las normas.

Los labios de Claudia querían traicionarla, temblando por retener las palabras que deseaba decir a Enrique. Al querer perdonarlo por la locura que les había llevado a esa rocambolesca situación.

—Cuando escuchen el ruido de la puerta —anunció la voz—, deberán detenerse, y aguantar en esa posición hasta que se les dé un nuevo aviso.

Claudia volvió a notar un roce, y alargó la mano hasta atrapar el brazo que la había tocado. La otra persona lo apartó de un tirón, haciendo comprender a la mujer que se trataba del extraño.

Entonces, la puerta se abrió sigilosa, soltando un leve quejido, que volvió a repetirse cuando fue cerrada. La joven se detuvo, como le habían ordenado, e hizo lo posible para no perder el equilibrio, pues la completa negrura se le antojaba vertiginosa. Escuchó unos pasos seguros, y el roce de un cuerpo contra la pared. La estancia se llenó de un aroma dulzón, y Claudia reconoció esa fragancia. Tenía que ser alguien con clase, se dijo, pues estaba segura de lo que costaba conseguir un perfume como ese.

—Continúen caminando —ordenaron por el altavoz.

Mientas la mujer caminaba, permaneció con los oídos bien atentos para comprender todo lo que estaba ocurriendo. Un chasquido metálico la puso en tensión, y sus piernas temblaron. Luego se oyó el fregamiento entre dos hierros y el roce férreo de un material cuando es enroscado. Claudia se hizo una imagen mental tan clara, que podía vislumbrar cómo el silenciador estaba siendo colocado en el arma.

—¡Deténganse! —gritó la voz.

Claudia quedó clavada en el suelo, aguantando la respiración, soportando el pavor que la hacía temblar por completo. Se escuchó el sonido sordo de un disparo y el impacto contra un cuerpo blando que despidió un gemido aterrador. Y otro sonido sordo, y más pesado, confirmando que uno de los otros dos cuerpos había caído al suelo. Los latidos de la mujer aumentaron hasta que se agarró el pecho con una mano. Con la otra se tapaba la boca. Sus rodillas perdían estabilidad.

Después vino el silencio, y los pasos del invitado que abandonaban la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Acto seguido, la sensación de soledad, pese a tener un compañero aún con vida junto a ella. Rezaba para que fuera Enrique quien guardara silencio en algún lugar de la oscuridad. Pero ese silencio se fue alargando durante un buen rato, y el corazón de Claudia bombeaba cada vez con más fuerza, clavándose en las sienes como alfileres.

—Bueno —rompió ella el silencio, presa del pánico—. ¿Y ahora qué?

La voz de Claudia era trémula, y su pregunta quedó contestada por el silencio de la oscuridad. Tenía la esperanza de escuchar una voz familiar, pero ésta no llegaba.

De pronto, la sensación térmica descendió bruscamente. El frío penetraba hacia sus pulmones en cada bocanada de aire, y un olor extraño alcanzaba a introducirse por sus fosas nasales.

Cada vez más frío.

Cada  vez más olor extraño.

Y Claudia se abrazó a sí misma para soportar la baja temperatura que no cesaba de menguar, arrodillándose en el suelo, mareada, hasta que el cerebro le dio un vuelco y perdió el conocimiento.

Despertó horas más tarde, aturdida. La luz del día cegaba sus pupilas y le martilleaba la cabeza. Buscó a tientas a su alrededor con la intención de averiguar dónde se encontraba. A su derecha, su mano topó con algo grande y duro. Cuando recobró la visión, se encontró un maletín esposado a su tobillo. Claudia se encontraba tirada sobre el follaje de un solar abandonado, que creía reconocer. Al otro lado de la parcela había otra persona en el suelo, aún adormecida, y con un maletín idéntico al suyo. Cuando esa persona recobró el conocimiento y se irguió, Claudia comprendió quién había perdido la partida, entre lágrimas.  

dijous 22 de març de 2012

Link... ing!!!

Dejo aquí el enlace al relato, publicado por la gente de Mundo Steampunk.
Un mundo muy curioso éste... :)


Sed buenos y... ¡anda ya!
Que no estamos para tonterías... XDDD

dimarts 20 de març de 2012

Fallo del Concurso de Relato Mundo Steampunk: "El Mapa del Cielo"

Bueno... pues después de tener la suerte de salir publicado en la revista de Ícaro Incombustible, parece que esa misma suerte es la que ha vuelto a mi teclado:

Fallo del Concurso de Relato Mundo Steampunk: "El Mapa del Cielo"


¿Habrá que darle más a las teclas? XDDD

dilluns 19 de març de 2012

La vuelta de Chowarith.


Minirelato con el que participé en el 2º certamen de "Tiramisú entre libros".
Tenía que ser una historia épico-fantástica sin superar las 1.000 palabras.
En fin... haciendo números para ser un NEMA... XDDD



El Puño de Arjlcoch:

La destrucción de Trögslom se convertiría en la devastación más sangrienta y carnicera que la bruja del oráculo había predicho jamás. La congregación, reunida para escuchar la lectura del augurio de los tiempos futuros, se agitó en un murmullo piadoso. Kalegh, el mago, decidió esperar a pronunciarse después que la bruja terminara el ritual, pues no quería enfrentar las diferentes magias en un momento tan delicado para su pueblo.

Ôrzlag estaba sentada sobre sus rodillas, frente al cuenco que contenía el Agua del Tiempo, con los brazos estirados en el suelo y sus blancos ojos mirando hacia la luna. Una de sus manos sostenía una gran pluma blanca. La otra, manchada de la sangre del cuervo, sostenía una de sus plumas negras como el corazón del hechicero. Y cuando las turbias aguas del cuenco volvieron a ser cristalinas, las plumas cayeron al suelo, los ojos de la bruja parpadearon y sus labios pronunciaron el nombre del guerrero que evitaría la desaparición de Trögslom.

—¿Chowarith? —declamó el mago, interrumpiendo el oráculo de la bruja.

—Sí, Kalegh —el rostro de Ôrzlag le miró con rudeza—. Es el único que perdió su alma; el único que no puede temer a la muerte.

Chowarith avanzó por entre la gente cuando la bruja reclamó su presencia en la cueva. El guerrero se arrodilló ante ella y guardó silencio, pues las palabras de Ôrzlag no eran simples órdenes, sino la respuesta del camino que debía tomar, la guía para devolver la paz a su pueblo, que estaba en sus manos, y la forma de acabar con el hechizo.

—Recuerda, Chowarith —la voz de la bruja era suave y aguda—, tendrás que llegar hasta lo más alto de la Colina de los Huesos, dejar allí tu corcel y ascender la montaña hasta su cumbre. No temas por la magia del hechicero, pues te hará ver ilusiones que ningún daño podrán causarte. Una vez arriba, en el Gran Agujero, sabrás que hacer. No tengas miedo porque nada puede matarte, por ahora. Sé fiel a tu cuerpo, a tu espada y a tu inteligencia, pues de lo contrario… todo será en vano.

Chowarith abandonaba Trögslom a lomos de su veloz corcel, dejando atrás a toda una población amedrentada por magias y maleficios de un brujo que nadie conocía, que tan sólo las habladurías lo habían convertido en un ser grande y malvado. Sin descanso alguno estuvo cabalgando durante dos lunas y dos soles, alentando a su fiel compañero de negro pelaje; hasta llegar, cuando aparecía la tercera luna, al lugar pronunciado por Ôrzlag. Eran tramos difíciles entre arboledas espesas y ascensiones de pedregal y raíces, traspasando entre enredaderas espinosas y dañinas, dificultando el avance de su rocín, ya ensangrentado. La misma suerte obtuvo el cuerpo de Chowarith que, dejando en un lugar seguro al animal, decidió traspasar la mortal insidia que escondía el bosque, malmetiendo al guerrero hasta el propio desgarro de su morena piel. Comprendió el nombre de la Colina al encontrar a su paso restos de guerreros, los cuales no corrieron la misma suerte que él.

En la cumbre de la Colina de los Huesos reinaba la calma en forma de fina bruma, flotando ésta por los pies de la montaña. Chowarith decidió descansar sobre la hierba con la intención de reunir suficiente vitalidad, que le serviría para ascender por aquella cara de la montaña. Se quedó fijamente mirándola. Desde allí no lograba visualizar el final de tan gigantesca atalaya, oculta tras nubarrones negros como su apreciado corcel. Decidió que había llegado el momento de emprender esa ascensión peligrosa, pensando que su vida no era más que un simple amuleto para su pueblo. Si moría, su pueblo lo haría con él. Colocó la espada bien segura a su espalda y saltó con todas sus fuerzas, agarrándose a los salientes de la primera roca.

El primer tramo no fue difícil, pues la imperfecta verticalidad de la pared daba descanso a sus músculos cada vez que llegaba a un recodo. Era una roca fría y seca que transmitía energía a su cuerpo. Y siguió ascendiendo con rapidez hasta que se adentró en el nimbo oscuro que rodeaba la montaña. La temperatura de su cuerpo descendía con premura, mermando el movimiento de sus brazos y piernas, ralentizando la agilidad con la que debía permanecer para moverse entre los peñascos salientes. A su alrededor comenzaron a verse finas luces en forma de rayos, que aparecían y desaparecían por arte de magia. Chowarith recordaba las palabras de la bruja mientras no cesaba su escalada, centrando su atención en los apoyos de la roca. Un par de impulsos más le bastaron para lograr salir del nubarrón, volviendo a recobrar la temperatura de su cuerpo. Miró hacia la cumbre y se alegró al ver que no quedaban más de dos o tres tramos. Reunió todas las fuerzas posibles y continuó subiendo, hasta alcanzar la cima con una de sus manos.

Sus pies, ya sobre el terreno llano, se acercaron al Gran Agujero. A diferencia del nubarrón, la temperatura era un poco más elevada, y Chowarith agradeció ese calor por un instante. Miró hacia el interior. Un lago de lava enfurecida le esperaba con bravura en el fondo de aquel cráter. El guerrero empuñó su gran espada y pensó en cada una de las palabras que Ôrzlag le había formulado, sin encontrar la solución para acabar con el hechizo. Entonces, mientras los ojos del guerrero estaban inmersos en la duda, el reflejo de la luna apareció sobre la lava, y lo comprendió todo. Empuñó su espada con la punta hacia abajo y saltó al vacío; y después de escuchar el estallido del cristal vio como la lava desaparecía de repente y su cuerpo caía sobre el cofre de hielo que contenía el conjuro en contra de su pueblo, haciéndolo añicos.

Chowarith llegó a Trögslom, caminando bajo el sol, acompañado de su negro corcel, y con el Puño de Arjlcoch envuelto en un trapo.

La sonrisa de la bruja anunció el final del maleficio.

Últimas Sortijas: XIX, XX, XXI, XXII y XXIII.

Sortija final: XXIII.

-Highlanders-

"El certamen llegó a su fin, o eso creían todos los justeros que abarrotaban la platea del auditorio, pues el último de los jueces que abandonó la sala, dio las bases de la final.
Los participantes no comprendieron las reglas hasta que el gas empezó a ser expulsado por las tuberías de ventilación, teniendo tan solo quince minutos para encontrar el justero que escondía la llave en su estómago.
Por cierto: sólo quedó uno, y se destripó a sí mismo."




Sortija XXII: Mero.

-¡Me lo quitan de las manos!-

"La sangre corría entre el hielo picado, extendiéndose como una lágrima, cuando la vieja clavó el punzón en la mano del pescadero. Era la útima pieza y no se iba a ir de allí sin ella."




Sortija XXI: Judicial.

-Incongruencias-

"Cuando por fin pensé que él daría con mi cuerpo, lo inhabilitan. Así que tendré que esperar once años más, aquí, bajo tierra..."




Sortija XX: Manifestarnos.

-Regreso al futuro-

"-No, papá. La tele funciona bien. Han vuelto los grises."




Sortija XIX: Llené.

-El último-

"Pasé toda mi vida echándolos al pozo, hasta que por fin conseguí completarlo. Y ahora me he quedado solo, pues no hay nadie más en el pueblo para poder arrojar."

diumenge 18 de març de 2012

CC81 - El Padre Jules.


—No estoy en peligro. Yo soy el peligro —Jules la miró a los ojos. Unos ojos cargados de rabia. Unos ojos que no dejaban escapar ni un atisbo de miedo aunque el cañón le apuntara directamente a la frente—. Y tú no eres más que un trozo de carne con sentimientos erróneos a quien voy a redimir de sus pecados.

El dedo firme del Padre Jules accionó el gatillo con la misma rapidez que parpadeó la chica; con la misma velocidad con la que penetró el proyectil entre sus ojos, sin haberle dejado el tiempo suficiente para abrirlos. La cabeza soltó un fuerte latigazo hacia atrás, desencajándole la mandíbula por el brutal empuje. Cayó a plomo sobre los cartones que cubrían ese pedazo de calle maldita. Maldita, como la ciudad que el Padre Jules había heredado para cuidarla y protegerla del Mal que afloraba de las profundidades, a través de sus cloacas.

La sotana revoloteó en el aire como unas alas negras, perdiéndose velozmente en la oscuridad. Y en aquel lugar no quedaba más que la podredumbre de un callejón hostil y nauseabundo, y un cuerpo sin vida, ajusticiado por sus pecados.

Una ventana abierta en lo alto del edificio. Las escaleras de incendio que traqueteaban por todo su férreo esqueleto cuando las pisadas rápidas ascendían vertiginosamente. Y esa ventana, la última del gran bloque, se cerró con suavidad cuando la sombra oscura penetró por ella. En su interior, la sombra se confundía en la penumbra, y avanzaba a través de la oscuridad, doblando por el pasillo sin detenerse, hasta llegar a una habitación.

Una percha vacía, un espejo, y una débil bombilla tintineante le daba la bienvenida. La percha fue ocupada por una sotana llena de sangre y pecado. Y ante el espejo, el cuerpo desnudo del Padre Jules era reflejado, mostrando cicatrices abiertas y cerradas; algunas sangrantes todavía, y que pronto acompañarían a las provocadas por la liturgia encomendada al Señor. Se arrodilló, dejando caer su cuerpo, clavándolo en el suelo, y agarró un pequeño látigo de cuero que le esperaba, con sangre reseca en sus puntas, en un lateral.

—Perdóname Señor por haber mentido, acusado y matado a esas treinta y siete almas —latigazo—. Almas que habían sido poseídas por nuestro peor enemigo aquí en la tierra —latigazo—. Almas por las que no he rezado ni he dado sepultura como buenos cristianos —latigazo—. ¡Pero es que no lo eran!

Y uno tras otro, los latigazos se fueron solapando en su espalda, reabriendo viejos surcos —tantos como almas había liberado del infierno terrenal—, haciendo brotar la sangre coagulada que los iba sellando día tras día, hasta llegar al final de los latigazos —tantos como almas había liberado a lo largo del día—, dejando un reguero rojizo que caía lentamente por sus nalgas hasta quedar impregnadas en la moqueta, formando un círculo húmedo y viscoso que se agrandaba en cada azote. Mientras, susurraba en latín el canto de cada noche, ensalmando las nonas que le llevarían al descanso mundano y lo prepararían para el día siguiente, pues sus parroquianos más adeptos querrían escuchar su misa diaria.