Amigos enganchados:

dilluns, 19 de març de 2012

La vuelta de Chowarith.


Minirelato con el que participé en el 2º certamen de "Tiramisú entre libros".
Tenía que ser una historia épico-fantástica sin superar las 1.000 palabras.
En fin... haciendo números para ser un NEMA... XDDD



El Puño de Arjlcoch:

La destrucción de Trögslom se convertiría en la devastación más sangrienta y carnicera que la bruja del oráculo había predicho jamás. La congregación, reunida para escuchar la lectura del augurio de los tiempos futuros, se agitó en un murmullo piadoso. Kalegh, el mago, decidió esperar a pronunciarse después que la bruja terminara el ritual, pues no quería enfrentar las diferentes magias en un momento tan delicado para su pueblo.

Ôrzlag estaba sentada sobre sus rodillas, frente al cuenco que contenía el Agua del Tiempo, con los brazos estirados en el suelo y sus blancos ojos mirando hacia la luna. Una de sus manos sostenía una gran pluma blanca. La otra, manchada de la sangre del cuervo, sostenía una de sus plumas negras como el corazón del hechicero. Y cuando las turbias aguas del cuenco volvieron a ser cristalinas, las plumas cayeron al suelo, los ojos de la bruja parpadearon y sus labios pronunciaron el nombre del guerrero que evitaría la desaparición de Trögslom.

—¿Chowarith? —declamó el mago, interrumpiendo el oráculo de la bruja.

—Sí, Kalegh —el rostro de Ôrzlag le miró con rudeza—. Es el único que perdió su alma; el único que no puede temer a la muerte.

Chowarith avanzó por entre la gente cuando la bruja reclamó su presencia en la cueva. El guerrero se arrodilló ante ella y guardó silencio, pues las palabras de Ôrzlag no eran simples órdenes, sino la respuesta del camino que debía tomar, la guía para devolver la paz a su pueblo, que estaba en sus manos, y la forma de acabar con el hechizo.

—Recuerda, Chowarith —la voz de la bruja era suave y aguda—, tendrás que llegar hasta lo más alto de la Colina de los Huesos, dejar allí tu corcel y ascender la montaña hasta su cumbre. No temas por la magia del hechicero, pues te hará ver ilusiones que ningún daño podrán causarte. Una vez arriba, en el Gran Agujero, sabrás que hacer. No tengas miedo porque nada puede matarte, por ahora. Sé fiel a tu cuerpo, a tu espada y a tu inteligencia, pues de lo contrario… todo será en vano.

Chowarith abandonaba Trögslom a lomos de su veloz corcel, dejando atrás a toda una población amedrentada por magias y maleficios de un brujo que nadie conocía, que tan sólo las habladurías lo habían convertido en un ser grande y malvado. Sin descanso alguno estuvo cabalgando durante dos lunas y dos soles, alentando a su fiel compañero de negro pelaje; hasta llegar, cuando aparecía la tercera luna, al lugar pronunciado por Ôrzlag. Eran tramos difíciles entre arboledas espesas y ascensiones de pedregal y raíces, traspasando entre enredaderas espinosas y dañinas, dificultando el avance de su rocín, ya ensangrentado. La misma suerte obtuvo el cuerpo de Chowarith que, dejando en un lugar seguro al animal, decidió traspasar la mortal insidia que escondía el bosque, malmetiendo al guerrero hasta el propio desgarro de su morena piel. Comprendió el nombre de la Colina al encontrar a su paso restos de guerreros, los cuales no corrieron la misma suerte que él.

En la cumbre de la Colina de los Huesos reinaba la calma en forma de fina bruma, flotando ésta por los pies de la montaña. Chowarith decidió descansar sobre la hierba con la intención de reunir suficiente vitalidad, que le serviría para ascender por aquella cara de la montaña. Se quedó fijamente mirándola. Desde allí no lograba visualizar el final de tan gigantesca atalaya, oculta tras nubarrones negros como su apreciado corcel. Decidió que había llegado el momento de emprender esa ascensión peligrosa, pensando que su vida no era más que un simple amuleto para su pueblo. Si moría, su pueblo lo haría con él. Colocó la espada bien segura a su espalda y saltó con todas sus fuerzas, agarrándose a los salientes de la primera roca.

El primer tramo no fue difícil, pues la imperfecta verticalidad de la pared daba descanso a sus músculos cada vez que llegaba a un recodo. Era una roca fría y seca que transmitía energía a su cuerpo. Y siguió ascendiendo con rapidez hasta que se adentró en el nimbo oscuro que rodeaba la montaña. La temperatura de su cuerpo descendía con premura, mermando el movimiento de sus brazos y piernas, ralentizando la agilidad con la que debía permanecer para moverse entre los peñascos salientes. A su alrededor comenzaron a verse finas luces en forma de rayos, que aparecían y desaparecían por arte de magia. Chowarith recordaba las palabras de la bruja mientras no cesaba su escalada, centrando su atención en los apoyos de la roca. Un par de impulsos más le bastaron para lograr salir del nubarrón, volviendo a recobrar la temperatura de su cuerpo. Miró hacia la cumbre y se alegró al ver que no quedaban más de dos o tres tramos. Reunió todas las fuerzas posibles y continuó subiendo, hasta alcanzar la cima con una de sus manos.

Sus pies, ya sobre el terreno llano, se acercaron al Gran Agujero. A diferencia del nubarrón, la temperatura era un poco más elevada, y Chowarith agradeció ese calor por un instante. Miró hacia el interior. Un lago de lava enfurecida le esperaba con bravura en el fondo de aquel cráter. El guerrero empuñó su gran espada y pensó en cada una de las palabras que Ôrzlag le había formulado, sin encontrar la solución para acabar con el hechizo. Entonces, mientras los ojos del guerrero estaban inmersos en la duda, el reflejo de la luna apareció sobre la lava, y lo comprendió todo. Empuñó su espada con la punta hacia abajo y saltó al vacío; y después de escuchar el estallido del cristal vio como la lava desaparecía de repente y su cuerpo caía sobre el cofre de hielo que contenía el conjuro en contra de su pueblo, haciéndolo añicos.

Chowarith llegó a Trögslom, caminando bajo el sol, acompañado de su negro corcel, y con el Puño de Arjlcoch envuelto en un trapo.

La sonrisa de la bruja anunció el final del maleficio.