Amigos enganchados:

diumenge, 4 de març de 2012

CC80 - Los hombres-pájaro


Era el arcoíris más bonito que había visto nunca. Sus colores iban apareciendo lentamente mientras nosotros nos guarecíamos de la lluvia, bajo las hojas de platanero que hacía las veces de tejado. El resto de mujeres de la comunidad se asomaba por los agujeros de las cabañas para disfrutar del espectáculo.

Gozábamos del privilegio de haber construido el poblado en lo alto de aquellos largos árboles, que nos protegían del ataque animal —peligroso en aquella selva—, y de cualquier otra tribu que trashumara por su condición nómada por nuestro territorio. Gracias a esas precauciones, y a la circunstancia en la que vivíamos, conseguimos formar una verdadera comunidad de “hombres pájaro”; y aprendimos a utilizar las lianas con soltura, pues nos eran útiles para desplazarnos entre los hogares de las diferentes familias, permitiéndonos bajar y subir de las chozas por un simple y logrado sistema de poleas.

La desgracia nos sobrevino cuando uno de esos días calmos, desasosegados para la tribu, se vio truncado por el imprevisto más peligroso al que podíamos temer. Esa mañana se presentaba provechosa para toda la comunidad, donde la prerrogativa de descender hasta la planicie y disponer del tiempo suficiente para abastecer al clan de carne, fue el regalo masivo del que se nos hizo partícipes a todos los varones, bajo la invulnerable orden de nuestro jerarca. Los rayos del sol incidían por entre los árboles, penetrando por la vertiginosa altura hasta lograr que su luz se proyectara sobre el follaje del suelo.

Estábamos todos prestos con nuestras lanzas, estilando las formas primitivas de la caza ancestral de nuestro pueblo, las cuales se concentraban en esperar a que la presa se acercara, sirviéndose el propio cuerpo del cazador como señuelo. Las primeras gotas de lluvia llegaron sin avisar, pues el cielo estaba diáfano, sucumbiendo en un torrencial aluvión que nos atrapó imprevistos. Las fieras se acercaron cuando la humedad transportó por el aire nuestro olor corporal. Tantas eran las bestias que no dábamos abasto, siendo muy inferiores en número y lanzas. Cuando el jerarca nos dio la orden de abandonar la cacería, nos vimos atrapados en el suelo del bosque, pues las lianas rezumaban su viscosidad mezclada con el agua caída, impidiéndonos escapar trepando por ellas. El miedo me hizo trepar por el árbol más cercano, lastimándome el cuerpo al rozar contra su corteza basta y rugosa. Mientras ascendía pude escuchar los gritos de pánico cuando los animales daban caza a mis congéneres.

Cuando alcancé la choza más cercana me sentí protegido, aunque sabía que el resto quedaban abajo, luchando contra las fieras, perdiendo sus vidas. No pude más que llorar en silencio, rezando a los Dioses por su descanso en paz. Al dar la noticia, las viudas más mayores me miraron con indiferencia, pues a lo largo de nuestra historia se habían vivido pasajes similares con el mismo resultado. Las más jóvenes me acompañaron en el llanto.

Y todos así, con los ojos inundados en lágrimas, guareciéndonos bajo las hojas de los plataneros que nos protegían de la malvada y mortífera lluvia, veíamos resurgir ese precioso arcoíris al que honramos en memoria de nuestros muertos.

1 comentari:

Carlos ha dit...

Nunca llueve a gusto de todos :)

Desde la altura de la lectura veía, a salvo, la carnicería que tenía lugar, la enésima vez en que la naturaleza vence al ser humano, por mas pájaro que sea, el instinto de supervivencia de éste, y como evoluciona y se adapta ante cualquier adversidad.

Y sobre todo como sigue haciendo magia al escribir.

\=/ Un abrazo!