Amigos enganchados:

dimarts, 20 de desembre de 2011

A la propuesta de rememoración de Cuentacuentos (II): "Beleita"

"Febrero del 2007"




Brotaba pintura de entre sus dedos y de sus ojos maravillosas fotografías de bellos instantes. Así es como la vi el primer día que la conocí.

Una amiga me habló de ella y me explicó cosas maravillosas. Sus obras, su arte, la pasión empleada en ellas. Increíble era el adjetivo que utilizaba al describirla y al final sentí que era algo exagerado.

Salimos de la ciudad en busca de su estudio, a las afueras; escondida a los ojos de los curiosos. Me señaló el lugar cuando llegamos a un camino recóndito entre la maleza. Altos árboles bien alineados ocultaban un estrecho sendero que nos conducía hasta una pequeña casa de madera muy colorida. Sobre el marco que gobernaba la entrada de la puerta principal restaba una leyenda grabada en madera que rezaba: “Dejar de ser princesa para ser rana” y a ambos lados de la frase se avistaban dos simpáticas ranitas con coronas en sus cabezas.

Mi compañera me comentó que la puerta de su casa siempre estaba abierta, pero que solo la gente buena de corazón era capaz de franquearla. Y así era, la puerta nos esperaba a medio abrir, sin pomo ni cerradura; tan solo una vieja campana colgaba a un lado que nos mostraba el tiempo que hacía que no era golpeada.

Las estancia era amplia, los colores plácidos y el sol que penetraba a través de las cortinas daba a la sala un ambiente cálido. Las lámparas que colgaban de sus vigas daban una caricia de ingenio al escenario. Las paredes repletas de cuadros pintados directamente a las paredes entremezclados entre sí. No lograba averiguar donde acababa uno y empezaba el siguiente, pero podía diferenciarlos. El perchero de pié que vigilaba una de las esquinas sospesaba un abrigo largo y negro, del mismo color que la gorra de lana de estilo francés mostraba desde la percha más alta. De la viga central que cruzaba la estancia colgaban unas pequeñas moscas hechas con diminutos coladores como ojos y alas de abanicos. Un calendario con dibujos de payasos de 1969 descansaba sobre la pared que vigilaba un gran loro verde caminando sobre un tronco donde descansar y una foto, no muy lejos de allí, me enseñaba a las personas que alguna vez la hicieron sonreír: Jara, Aarón, Pistachita, Larisavel, una chica de pelo rizado castaño y cara angelical, suponía que debía ser ella, y alguien a su lado que por alguna extraña razón salía completamente borroso.

Mi amiga me señaló unas escaleras que trepaban al piso de encima. Al subir por ellas me quedé fascinado al ver que sobre la barandilla había una guirnalda de luces con formas de hadas que conducían al visitante hasta un lugar mágico, más allá de la realidad.

Una puerta completamente blanca nos esperaba al final del último escalón, donde unas rojas letras nos decían: “Pasar sin llamar, sin molestar, sin dudar.” Y al entrar en aquella habitación mi fascinación creció vertiginosamente. Era toda de cristal, incluso el techo; y la luz entraba radiante sin dejar apenas espacio a sombras en toda la sala. Colores violetas, verdes, amarillos, rojos, estaban suspendidos en el aire. Una gran bola de luz brillaba en el centro de la habitación y el ruido de salpicaduras acompañaba algunas de las imágenes que ese albor despedía.

-Siéntate y observa. –dijo mi compañera. –Cuando estés preparado la conocerás por fin.

Y allí restamos los dos, callados, observando como esa luz se desvanecía poco a poco dando paso a poder ver como un reguero de colores impregnaban un gran lienzo en el que aparecía un dibujo que me resultaba familiar. La claridad de las formas venía lentamente a mis ojos y vi, sorprendido, que lo que mostraba el cuadro éramos mi amiga y yo sentados exactamente en el mismo lugar donde estábamos en ese momento. Con la boca abierta, y sin saber qué decir, miré a la chica inseparable que tenía a mi lado; la misma que me sonrío e hizo que callara con su dedo.

La luz se esfumó formando un eclipse con la figura de esa chica fantástica que cayó arrodillada con las manos llenas de pintura. Nos acercamos a ella sigilosamente y fue ahí donde vislumbre que brotaba pintura de entre sus dedos. Al girarse me miró fijamente y noté como parte de mí se congeló en sus pupilas y una sonrisa iluminó su cara justo al decir…

-Os estaba esperando.

1 comentari:

atenea ha dit...

¡Qué bonito! :) y muy original, me ha encantado. Besos!