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dimarts, 20 de desembre de 2011

A la propuesta de rememoración de Cuentacuentos (III): "Almarita"

             "Enero del 2007"


Al cerrar los ojos, despertó en ella una llama triste y desesperanzadora, sus ojos se apagaban. Esa noche Almarita baila bajo la luna. Danza, canta, grita y llora. Sus pulseras siguen el vaivén de sus brazos, sus collares suenan al compás de su cuerpo y los aros que cuelgan de sus orejas simulan sonrisas irónicas.

La más bella entre todas las gitanas, Almarita deseaba con toda su alma pasar el resto de sus días con Adonay. Él era todo lo que sus ojos veían. Cada tarde, hasta bien entrada la noche, la gitana se sentaba escondida entre bastidores viendo al alegre trapecista ensayar las piruetas del día siguiente. Lo miraba con los ojos hipnotizados soñando cómo sería su vida a su lado. Siempre deambulando por ciudades diferentes. Desde Olt a Maramunes, desde Timis a Galati; cruzando toda Rumania junto a su amado.

Una mañana se acercó al río. Cargada con ropa que lavar, Almarita observó la belleza del agua tranquila. Se acercó y miró hacia dentro. Se vio reflejada en ella e imaginó de nuevo a Adonay cuando una mano se posó en su hombro. Sobresaltada, se giró de inmediato y sus ojos brillantes radiaron alegría. Era él. La siguió desde lejos para no levantar sospecha en la comunidad y allí mismo y entregándole una bella rosa le declaró su amor. Se lanzó a sus brazos y, entre llantos y besos, le demostró su alegría y lo que le quería. Deseaban prometerse amor eterno pese a las leyes que su pueblo les imponía y allí mismo, entre la magia de los bosques y bajo la intensa mirada del astro rey, Adonay hizo suya a la gitana quebrantando la peor de las tradiciones.

Al mediodía el sol picaba sus pieles desnudas. Despertaron, se miraron, y de los ojos de ambos brotaban lágrimas de felicidad. Se hubieran quedado allí el resto del día, pero él debía prepararse para la función y ella acabar con sus deberes junto a las gitanas de la familia. Faltaban ya pocas horas para el gran día y no podían levantar sospecha ninguna.

El primer día de Marzo es una fecha especial para la comunidad. Adornan todas las caravanas con sus mejores telas y alabastros, las mujeres sonríen todo el día, los niños corren tras los perros y los músicos ensayan las últimas notas para celebrar la Martisor, la entrada a la primavera.

Al mediodía la mujer del patriarca de la familia más antigua junto con sus hermanas busca, de entre todas las jovenzuelas, aquella que les resulta más bella para realizar la danza del ritual. Almarita estaba en su caravana preparando sus mejores telas que le servirán de vestido para bailar con Adonay cuando la puerta se abrió y entraron a su estancia la gitana con sus hermanas.

El miedo se apoderó de la chica cuando hicieron deshacerse de faldas y enaguas para comprobar su virginidad. La tumbaron en la cama y la sacerdotisa gitana introdujo en su interior un pequeño trozo de tela blanco, bendecido con algún conjuro. Al sacarlo, la mujer del patriarca miró a los ojos de Almarita con cara de decepción. Se levantó y se fue con sus hermanas por el mismo camino, sin mediar palabra alguna.

La niña gitana lloraba avergonzada a los pies de su madre, estirándole de las faldas e injuriando a su propia tradición. La madre restaba callada mirándola con cara de pena, dejando escapar una triste lágrima por la suerte que le espera a su hija.

Fuera, lejos de la caravana, se escuchaba el gentío gritar.

-¡Sitra achra! ¡Sitra achra!

Almarita palideció, miró a su madre asustada. Sabía que esas palabras querían decir que una pelea se había desatado. Pero su progenitora no dejó que abandonara la vivienda; la retuvo allí hasta que los gritos cesaron.

Cayó la noche y Almarita corrió a las tramoyas del circo para ver a Adonay, pero el chico no estaba entrenando; en su lugar estaba su padre cogiendo a la madre en brazos entre sollozos y maldiciones.

Detrás, los acordeones comenzaron a sonar, panderetas, palmadas, gritos y risas y, allí, en medio de todo el corrillo, una joven gitana danzaba mirando al cielo y mostrando sus mejores ropas y habilidades.

La enamorada chica abandonó el campamento corriendo, con la cara impregnada de lágrimas, hasta llegar a lo más alto de la cumbre. Se quedó de pie, sin moverse, mirando a la luna y escuchando a lo lejos la música de sus raíces. Allí mismo, pensando en Adonay, al cerrar los ojos, despertó en ella una llama triste y desesperanzadora, sus ojos se apagaban. Esa noche Almarita baila bajo la luna. Danza, canta, grita y llora. Sus pulseras siguen el vaivén de sus brazos, sus collares suenan al compás de su cuerpo y los aros que cuelgan de sus orejas simulan sonrisas irónicas. Y no deja de danzar hasta caer rendida al suelo y quedarse dormida.

1 comentari:

atenea ha dit...

Hay tradiciones que alguien tiene que ser el primero en romper, pero es tan difícil... Pobrecilla, sólo quería ser feliz y acaba llorando.

Besos! :)